Wanna be a Vampire-PrinceWhateverer
Go to Hell (Wanna be a Vampire Pt.2)-PrinceWhateverer

One Last Dance

Guillermo J. Saucedo















Prólogo

Nadie reclamó el cuerpo. La morgue permaneció en silencio mientras las luces parpadeaban, dudando de permanecer aluzando. 12 apuñaladas. Afuera, la ciudad respiraba con normalidad, ajena a lo que había ocurrido hace unas horas atrás. El nombre es irrelevante por ahora. La última fue en el corazón. Se cree que fue lento. Pasaron días. Luego noches. Y entonces. Aquel que no debiste haber matado.

Los dedos comenzaron a moverse. El aire volvió a llenar unos pulmones que ya no lo necesitaban. El corazón volvió a bombear. En la oscuridad, abrió los ojos sin mente para recordar. Sin voz que grite de la agonía, del frío metálico y de las extremas sensaciones de incisión en todo el torso.
No hubo gritos.
Hubo dolor.
Solo una coraza cubierta de carne, huesos y piel. Completamente inmovil pero volviendo a sentir: Aquel que despertó no estaba vivo ni muerto. Y en algún lugar de la ciudad " City of tears", alguien dejaba flores.

“Dicen que los muertos no sueñan.
Pero yo te veo cada noche,
caminando entre flores marchitas,
hablándome como si todavía pudiera escucharte.
Y juro por la sangre fría que solía correr por mis venas…
que aún te amo.”
Atte. NL.

Capítulo 1: Eres… Soy…

Despierto cuando el sol muere. No por horario, sino porque es lo único que mi cuerpo aún puede hacer… Y recuerda. A veces, cuando no hay doctores rondando, me doy un tiempo para acomodar los huesos fuera de lugar. La rigidez cadavérica no perdona. Luego camino en círculos alrededor de la sala de morgue, 27 pasos exactamente. No tengo mucho que hacer, pero me gusta pasearme entre los pasillos de mi hogar, sin que el guardia se entere de mi putrefacto olor a cadáveres. Aunque se arregla con algo de formaldehído

Hay un nuevo cuerpo en la camilla cuatro. Un Adulto joven apuñalado 12 veces. Qué original, pero así va la canción. De vez en cuando abro levemente mi ataúd para verla, a ella. Me recuerda que todavía puedo oler la sangre fresca. Me hace sentir… Algo… Vivo. A las once, como siempre, ella entra. Flores en mano. No me ve. Nunca me ve. Pero deja las flores en la manija de mi camilla, como si todavía le importara a algún ser vivo de aquí. Y por un momento, por unos malditos segundos, me dan ganas de volver a la vida, para sentir esa olvidada sensación que se escabulle por el agujero de mi pecho mi pecho. Día a día, veo su sombra deslizándose por la puerta para no volver a ver a nadie hasta el día siguiente.

Era una noche lluviosa. Como si el cielo se estuviera cayendo en llanto, por lo que fui, y por lo que soy ahora. La tormenta no era más que un lamento interminable, y yo, una sombra entre las sombras. Me movía sin hacer ruido, Deslizándome por los rincones de un mundo que ya no me pertenecía. Esa noche, tras dos pequeñas, pero profundas heridas en el cuello de algún desafortunado guardia, Todo quedó en silencio. Salí sin mirar atrás, con la muerte pisándome los talones, aunque ya la cargaba dentro. La ciudad me recibió con luces que dolían como cuchillas frías. Cada rayo de luz era una herida más que me recordaba que yo ya no encajaba aquí. Tanta gente, tanto ruido… Y tanta sangre caliente, y yo con el corazón abierto. Vacío.

Me escondí en callejones enmohecidos, entre basura podrida, Bajo puentes oxidados donde el sol nunca se asomaba, después de todo, no era tan diferente. Donde las ratas y los vagabundos aún encuentran refugio, me convertí en parte del paisaje, pero como alguien que no podía ser visto. No sabía a dónde iba. Solo seguía un rumbo guiado por pura intuición, Como si algo me arrastrara en silencio. Pasaron días. Tal vez semanas. Mi reflejo era invisible. Como siempre, miraba desde lejos. Esperando. Acechando. Buscando el momento preciso para robar una gota de sangre, o un sorbo de formaldehído que calmara la agonía de mi cuerpo. Y entonces… la vi.

No fue en el cementerio, ni en una cama de la morgue. Fue en el lugar más improbable: una cafetería pequeña, Iluminada por focos amarillos que apenas ahuyentaban a las cucarachas del lugar. Ella estaba ahí. Con la misma sonrisa joven, Con las mismas manos que solían dejarme flores. Ella me miró. Y me reconoció. No como un cadáver, sino como un extraño. Alguien podrido, pero levemente humano.

Me acerqué. No tenía un plan. Solo un impulso. Un deseo enterrado. Ella no se apartó. Me saludó, amable pero dudosa, Y mi voz, aquel sonido que frecuentemente usaba antes de perecer, salió
-Creí que nunca te vería sin flores en las manos.
Los siguientes días empecé a seguirla. No como algo raro o extraño, sino como un alma atada por un hilo invisible. Cada palabra suya era un trago de luz inofensiva pero fría. Cada mirada, una estaca y una caricia a la vez. Una noche, ella se sentó a mi lado. Me dio una taza de café que no pude tomar, pero fingí hacerlo.
-Creo que te he visto antes. En sueños, creo. En… lugares oscuros, casi sin alma. Siempre has estado ahí.
Sin poder respirar, ni poder ahogarme, Sentí que el pecho me temblaba como si aún tuviera un corazón. Fue esa noche que lo supe. No la amaba por su sangre caliente. La amaba porque, incluso en mi estado…
Me hacía sentir vivo...

Capítulo 2:Donde el muerto revive…

Desde aquella noche en la cafetería, algo cambió. No de golpe, como en los libros donde todo arde desde el primer instante. Fue lento. Silencioso. Como el sol poniéndose detrás de nubes grises que no dejan de llorar. Nos encontramos de nuevo. A veces por casualidad, otras porque yo sabía dónde buscar. Kit,sí, ahora sabía su nombre, tenía una rutina sencilla: café, libros, dibujos en servilletas arrugadas. Y aunque yo apenas podía probar una gota de ese mundo, me sentaba a su lado como si aún tuviera derecho a estar allí.

No hablábamos mucho. Al principio. Ella hablaba un poco. Yo escuchaba y trataba de intercambiar diálogo. Y en ese espacio "cómodo", sin olor a metal, sin cadáveres, algo fluía. Sangre caliente? Probablemente.
Una tarde, mientras la lluvia golpeaba las ventanas, me atreví a hablar primero.
—Tu nombre me suena como “Kitty”
dije sin pensar de más, solo quería romper el silencio Su cara se deformó rápidamente, ¿acaso una sonrisa?
—¿Eso es un cumplido raro o insinúas algo?
—Tal vez un poco de ambas —respondí intentando sostener su sonrisa.
Siguió sonriendo. Su risa era baja, como si no quisiera mostrarla demsiado, aunque se sentía honesta. En cambio, yo no podía, no con el tejido endurecido. Pero por dentro, algo circuló, era frío y un poco espeso.

Pasaron más días. Semanas, tal vez Empezamos a compartir más. Ella hablaba de sus sueños, amores fallidos, amistades. Yo no podía contarle mi vida. No recuerdo cómo era antes de entrar a la morgue.
Pero dije:
—Hay casos donde la muerte no termina todo.
A veces, solo… convierte el dolor en agonía, y la agonía en vida. Ella no entendió del todo. Pero me miró como si lo intentara, como si sintiera los colmillos que me seguían, o se hubiera percatado del agujero que conducía directo a mi corazón de los tantos que habían.

En una noche sin luna, caminábamos juntos por un parque vacío. Ella no se percató por qué los charcos no me reflejaban. Yo no pregunté por qué su presencia calmaba mi sed, o la impedía. Quizá porque de vez en cuando salía por un sorbo Nos sentamos en una banca vieja y oxidada.
—¿Por qué me buscas?
Preguntó de repente, mirando al cielo como si simplemente hubiera preguntado por curiosidad pura. Pensé en algo rápido, pero sincero
—Porque eres la única que me conoce, y que conozco, me hace sentir que todavía tengo un lugar al que pertenezco.
Ella volteó la mirada hacia mí. Hice lo mismo. No se apartó.
—Yo también me siento así. Como si fueras algo que perdí hace mucho tiempo.

No hablamos más esa noche. No hizo falta. El silencio entre nosotros ya no era incomodidad, era compañía callada. Una forma de decir entender, sin rompernos con palabras. Y así, entre charlas y miradas que decían demasiado, a veces sin siquiera palabras y roces suaves que parecían contener miedo reprimido,
Comenzó.
No como los sangre caliente.
No como los que esperan un final feliz.
Sino como dos almas, que encuentran en el otro una razón para seguir existiendo.